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Barba Jacob, un poeta perdulario del siglo XX (Parte II)

Por Fernando Carr Parúas
Fuente CUBARTE 31.07.2016

Barba Jacob, un poeta perdulario del siglo XX (Parte II)
Barba Jacob

Cuando ya no se encontraban en el poder los causantes de la muerte de Francisco Madero, Barba Jacob, el poeta colombiano que había salido huyendo de México, pues temía por su vida, pudo regresar a esa tierra, y entonces fundó el periódico El Porvenir, que fue un magnífico diario del norte del país.

En 1920, en la capital de México, estuvo escribiendo crónicas espantosas y sensacionalistas, entre ellas la serie de cinco reportajes titulados Los fenómenos espíritas en el Palacio de la Nunciatura.

Ya dije que el valor como poeta de este colombiano era muy alto, pues se le consideraba, ya en esa fecha, como alguien que podría llegar a donde quisiera. Sin embargo, también era magnífico periodista, aunque él no le hacía caso a esta última profesión y decía que con ella solamente se ganaba el pan. Así las cosas, cuando el Gobierno de la Revolución Mexicana decidió no dejar entrar al país al nuncio papal, quedó vacío el Palacio de la Nunciatura, que había sido confiscado, igual que otros bienes clericales. No sé cómo, a Ricardo Arenales “le tocó” un departamento en el citado Palacio, el cual, por lo amplio que era, lo compartía con otros amigos, como el poeta colombiano Leopoldo de la Rosa, y, además, un criado. Este era un indio mexicano, feo y parco, según el propio Arenales decía de él, que se llamaba Espiridión Rodríguez.

Barba Jacob (Ricardo Arenales), a cada rato, hablaba en público, y en tales actos siempre estaba presente un joven mozalbete, de nacionalidad salvadoreña, aunque algo raro él, que por lo bien que quedaban tales actos, Arenales lo había bautizado como el “Infantito de la Buena Estrella”, y acabó por darle albergue en el departamento que tenía en el antiguo Palacio de la Nunciatura.

El caso es que, desde entonces, comenzaron a suceder cosas extrañas en el Palacio, pues en fracciones de minutos las ventanas se abrían y cerraban solas, los objetos saltaban de donde estaban puestos, gotas de agua salobre o tibias caían repentinamente y dejaban bañados a quienes estaban debajo, y también las paredes cimbraban sin que se registrara algún movimiento telúrico en la zona.

Seguían ocurriendo todas estas cosas raras y extrañas, y los moradores llegaron al convencimiento, y así lo hablaban en voz baja, que todo eso sucedía desde que el jovencito salvadoreño había sido invitado por Ricardo Arenales para convivir junto a él en el departamento.

Un buen día aquello fue lo peor, pues comenzaron a saltar cosas para todos los lados, con tal magnitud, que la totalidad de los que se encontraban en el Palacio fueron golpeados por todo lo que saltaba y salieron corriendo para la calle. Y entonces Espiridión entró en el Palacio, pues el salvadoreño no había salido en aquel corre-corre, y cuando lo encontró se asombró al verlo: estaba dormido, tendido en su cama, con los ojos abiertos y enrojecidos, con la lengua afuera y el cuerpo todo contraído. Estaba como poseído, en un estado de trance. Ante este hecho, tomaron la decisión de echarlo del Palacio.

El salvadoreñito confesó que, efectivamente, nunca podía estar viviendo en un lugar fijo, pues él no sabía por qué, pero sucedían esas cosas donde él estuviera.

Años después de contarle Barba Jacob esta macabra anécdota al amigo Tallet, este recibió en La Habana al poeta colombiano Leopoldo de la Rosa, quien le confirmó todo lo sucedido en el Palacio de la Nunciatura a raíz de vivir allí el “Infantito de la Buena Estrella”. Es más, como el caso había “sonado”, también le confirmó lo que aseguraba Barba, que vinieron a hacer comprobaciones unos especialistas de la Sociedad Psiquiátrica de Londres. Pero nunca Tallet se enteró de cuál fue el diagnóstico.

Estas narraciones y otras más, fueron las que aparecieron en esas crónicas que digo antes.

Según un suelto que tengo por aquí, se dice que el Palacio de la Nunciatura quedó convertido en sede de las orgías del poeta colombiano, quien, entre otros excesos y extravagancias, se dedicaba al consumo de marihuana.

En 1921 Ricardo Arenales dirigió la Biblioteca Pública del Estado de Jalisco, en Guadalajara. Es en esa época que ha escrito diversos poemas, que continuaron dándole fama, como El son del viento, Balada de la loca alegría, Canción de la soledad, y otros más. También recibe la visita del escritor español Ramón del Valle Inclán. A pesar de todo, continuaba con sus escándalos, y por eso tuvo que dejar el cargo en Guadalajara.

Barba Jacob vivió en varios países latinoamericanos, pero siempre prefirió México (y habría que leer su Elegía de Sayula, que patentiza esto), a pesar de haber sido expulsado en una ocasión de allí.

¿Y expulsado por qué? Pues fue el escritor hondureño Rafael Heliodoro Valle, radicado en México desde hacía muchos años y buen amigo de Barba desde los principios del siglo xx, quien dejó escrito en un artículo que tituló Inéditos de Barba Jacob, en la revista Vida Universitaria, de Monterrey, México, en un número de 1957, las causas de la expulsión:

Barba había publicado en el periódico Cronos un artículo contra quien era entonces secretario de Gobernación, Plutarco Elías Calle, por lo que este dispuso aplicarle al colombiano el artículo número 33 —según expresaba Valle en su escrito—, de la Constitución Mexicana, por ser “un extranjero pernicioso”.

A pesar de todas las gestiones que se hicieron a favor de Barba, entre ellas la del propio Rafael Heliodoro Valle, no se pudo evitar que fuera expulsado a Guatemala en 1922.

En el año de su expulsión, era el secretario de Gobernación, como antes dije, el general Plutarco Elías Calle, y esto fue en el período presidencial del general Álvaro Obregón (1920-1924); después fue presidente el mismo don Plutarco (1924-1928) y no había terminado su período presidencial, cuando en 1928 su amigo el expresidente Obregón, que había aspirado a la reelección, fue asesinado. Aunque el general Elías Calle terminó su mandato como presidente, quedó siendo el hombre que decía la última palabra en México —ponía y quitaba ministros y presidentes—, y así fue hasta 1936, cuando asumió la presidencia mexicana el general Lázaro Cárdenas quien, al no dejarse maniobrar, decidió en una madrugada despachar a Elías Calle a San Diego, en los Estados Unidos, e hizo renunciar a todos los ministros callistas que se le había impuesto. Aún así, como veremos después, en 1930, gracias a las gestiones de algunos intelectuales cubanos y del embajador mexicano en La Habana, el Gobierno mexicano —incluso con el general Elías Calle detrás del poder― dejó sin efecto el decreto de expulsión contra Barba.

Antes de su expulsión, en 1922, fueron famosos algunos hechos en México que protagonizó el colombiano, todavía con el nombre de Ricardo Arenales, tales como los siguientes:

Barba le contó a Tallet que tuvo la oportunidad de cometer una venganza y que la había disfrutado mucho.

En cierta oportunidad el colombiano fue a pedirle un favor a cierto político y este lo trató de manera descompuesta y casi no lo oyó y, finalmente, se lo negó. Tiempo después el mismo político llegó a la ciudad en que estaba viviendo Arenales y necesitaba que alguien le escribiera un manifiesto; le recomendaron que fuera a ver a don Ricardo. Ya ni el político se acordaba de él. Se pusieron de acuerdo en el precio que le pagaría y Arenales redactó el documento y lo aprobó el político. Así se mandó a imprimir y el cartel se pegó en toda la ciudad, no hubo pared ni calle que no lo hubiera recibido bien pegadito.

El colombiano redactó el documento en párrafos cortos y cada párrafo tenía su letra capitular, la que quedó impresa con caracteres bien grandes. Así que, en estas capitulares se podía leer, verticalmente, lo siguiente: “ESTO ME LO ESCRIBIÓ RICARDO ARENALES”.

Algunos íntimos conocieron del caso y después se propaló a toda la ciudad, pero el político no se había dado cuenta de nada, hasta que un día, leyendo un discurso, del público le gritaron: “¿Esto también te lo escribió Ricardo Arenales?”.

El político fue a ver al colombiano y este le recordó el favor que le había negado, y aprovechó y le dijo una grosería. Arenales tuvo que ponerse a buen recaudo, pues estaba seguro que lo matarían.

Ricardo Arenales ya dirigía el prestigioso periódico mexicano El Porvenir, que había fundado en Monterrey, cuando tuvo lugar este otro caso: Como siempre andaba buscando plata para gastársela en alguna buena parranda, le había propuesto a un ministro de Venustiano Carranza hacer una biografía de ese famoso hombre de grandes y largas patillas, lo cual podría resultar beneficioso al ministro ―pues se le haría simpático a don Venustiano― y también al propio Arenales, pues con lo que le pagarían podía ir resolviendo sus gastos.

Quedaron en pagarle diez pesos mexicanos por cuartilla de la biografía, cifra que, a la fecha, era muy buena cantidad.

Pues el colombiano se puso a escribir cuartilla tras cuartilla, y así hubiera estado viviendo de lo lindo hasta que hubiera muerto, pero el ministro, al que, según Arenales, se le conocía con el mote de “El Indio Verde”, se asustó, pues ya había tres tomos de la famosa “biografía”, y no se acababa la cosa, y en eso terminó el negocio.

Cuando a Ricardo Arenales se le expulsó de México en 1922, se le dio a escoger a dónde deseaba ir, si a los Estados Unidos o a Guatemala, y escogió ir al sur y así volvió, otra vez, a su “gira” centroamericana.

Acerca de la expulsión del poeta colombiano, nos cuenta José Zacarías Tallet una anécdota de él. Nos dice que, como fue expulsado por haber agredido en la prensa al secretario de Gobernación mexicano, pues a partir de entonces, en cada uno de los países que visitaría, todo su resquemor contra las injusticias del poder reinante, se las achacaría a los secretarios o ministros de este ramo, es decir, de Gobernación, y contra ellos escribiría echándole las culpas de todo lo que le pareciera malo, degradante, pero ellos, estos políticos de Gobernación, serían quienes lo iban expulsando de sus respectivos territorios. Decía Tallet: “¡Esas cosas de Barba Jacob que lo hacían inigualable!”.

El nombre de Ricardo Arenales lo usó durante varios años, hasta 1922, en que llegó a Guatemala y lo cambió por Porfirio Barba Jacob. No está bien aclarado si el cambio de nombre se efectuó debido a un proceso judicial con una persona de igual nombre y apellido o porque como había sido expulsado recientemente de México, quiso cambiárselo para evitar conflictos.

En Guatemala se fue a vivir a una casa de una señora muy fina y decente, y le dijo que él le iba a cuidar su jardín del frente de la casa, el cual estaba sumamente descuidado, y así fue. Al poco tiempo, la señora estaba contentísima, pues el jardín era todo un primor. Y poco a poco, fue convirtiéndose el jardín en un lugar lleno de matas ornamentales, según Barba le aseguraba a la señora. Pero un buen día que la señora estaba echando agua a las plantas del jardín, vio en la calle, tras las rejas, a un señor muy bien vestido, que vivía en el barrio y se sabía que era el cónsul mexicano en Guatemala. De pronto él le da los buenos días y acto seguido le pregunta si ella misma lo cultivaba. Pues ella, después de preguntarle por qué inquiría, si le gustaba cómo había quedado, enseguida le dijo que “no, quien lo cuidaba es mi inquilino”. El cónsul le dijo rápidamente:

— Pues sepa usted, mi querida señora, que su inquilino se lo ha sembrado toditito de marihuana.

Y buen susto que se llevó la señora cuando se enteró de esto.

Sí, efectivamente, como antes he dicho, entre los gustos de cosas que la generalidad de las personas no estaba de acuerdo con ellas, Barba Jacob era un adicto a la marihuana.

En su estancia en Guatemala logra que el periódico fundado por él, El Imparcial, se convierta en el más importante de Centroamérica, pero como no dejaba de proferir diatribas contra personeros del poder guatemalteco, también fue expulsado de Guatemala. Se marchó a El Salvador, pero también, por iguales motivos, fue expulsado de allí.

Expulsado de estos dos países, se sabe que se disfrazó de cura y se dedicó a predicar a lo largo de las plantaciones bananeras de la United Fruit en Honduras.

Posteriormente, embarca rumbo a Nicaragua. En el vapor se da un gran escándalo, en relación con un marinerito que trabajaba en el barco. Cuando él desembarca piensa que para quitarse toda la situación de caos que le ha caído encima y que él mismo ha provocado, debe ir a León, ciudad en que vivió de joven y estaba enterrado Rubén Darío, y convoca a la población y allí evoca al autor de Sonatina. Su verbo inagotable deja uno de los discursos más hermosos que se haya escuchado alguna vez acerca de Darío, loas dijo del autor de “La princesa está triste/ ¿qué tendrá la princesa? / Los suspiros se escapan/ de su boca de fresa...”.

En algún momento, antes o después, o anhelaba algo así o recordaba cómo fue, dejó escrito su poema Elegía al marino ilusorio, del cual cito solamente una parte:

Pensando estoy... Yo, cómo ceñiría

la cabeza encrespada y voluptuosa

de un joven, en la playa deleitosa,

cual besa el mar con sus lenguas el día.

Y cómo de él, cautivo, temblando, suspirando,

contra la Muerte

su juventud indómita, tierno, protegería.

Contra la Muerte,

su silueta ilusoria vaga en mi poesía.

Entonces, en l924 se encuentra en Honduras. La amistad con la familia Monterroso por parte de quien ya se llamaba Porfirio Barba Jacob, hizo que en cierto momento, el 24 de julio de 1924, este le escribiera al director de El Imparcial, de Guatemala, una carta de recomendación, que decía:

“Los jóvenes Monterroso o por lo menos uno de ellos ―el que hace caricaturas― estuvieron en potencia propincua de trabajos bajo mis órdenes: son hijos de un hombre cuya amistad estimo como un delicado aroma; son mis amigos, y durante largos días de preparación de mi revista [...], honrando así con su presencia e ilustrando con sus personales puntos de apreciación algunos de los problemas relativos a mi negocio”.

Muchos años más tarde, todavía muchos más de la fecha de la muerte de don Porfirio, Augusto Monterroso, el autor de El dinosaurio, nos dejó un recuerdo de una frase o un dicho de Barba Jacob.

Tito Monterroso, este es, Augusto Monterroso y Bonilla, escribió un libro “cuasi autobiográfico” titulado Los buscadores de oro, en 1993, y en él expresó todas las amarguras que vivió junto a su familia en la Tegucigalpa donde había nacido, hasta que con 15 años salió de allí rumbo a Guatemala, donde residió por buen tiempo, hasta que una dictadura le hizo marchar a México, país en que terminó por escoger como residencia y, posteriormente, terminaría allí sus días. Nunca más volvió a Honduras. En una parte de ese libro, dice:

“¿Cómo, con ese espíritu dedicado al arte y a lo que se llamaba el ideal, era posible hacer nada, así fuera solo sobrevivir, en aquel ambiente en que en lugar de cafés había cantinas y en lugar de ajenjo, aguardiente de caña, llamado «guaro» ese licor de bajo precio que «producía una embriaguez innoble» y en que la selva ―como decía Barba Jacob― se comía a la ciudad [...]?”

Con el tiempo, quizás nadie le conocía por su verdadero nombre de Miguel Ángel Osorio, pero sí fue con este último nombre apócrifo de Porfirio Barba Jacob con el que murió y con el que más se le conoció: No pocos escritores han realizado trabajos acerca de la vida de Porfirio Barba Jacob.

En 1914, el escritor guatemalteco Rafael Arévalo Martínez publicó un cuento, del cual hablé antes, titulado El hombre que parecía un caballo.

Años después de la muerte de Barba Jacob, en la década del sesenta, vino a Cuba el escritor mexicano René Avilés, quien fuera amigo del colombiano en sus últimos tiempos y tomó datos de los contertulios que quedaban en Cuba, entre ellos José Z. Tallet, José Manuel Acosta, Raúl Roa y Luis Gómez Wangüemert. En 1964 René Avilés publicó su libro Porfirio Barba Jacob. Homenaje antológico.

Tallet le narró a este señor Avilés, que don Porfirio le había dicho que el político mexicano a quien él le había escrito un manifiesto en párrafos cortos y al empezar cada uno de ellos le había mandado imprimir una letra capital mucho más grande, dato que ya narré aquí, para que se pudiera leer “Esto me lo escribió Ricardo Arenales”, a este político le llamaban en su país “El Indio Verde”; sin embargo, le prometió investigar. Tiempo después Avilés le manifestó que solamente con ese nombre se conocían a dos, y que eran dos magníficas estatuas que estaban al inicio de cierta carretera en una población. Que, según su saber, a ningún político se le conocía con tal epíteto.

Una de estas personas que ha escrito acerca del poeta colombiano ha sido el periodista y escritor mexicano, nacido en Colombia, Fernando Vallejo, quien en 1991, después de andar por donde había andado Barba Jacob, escribió una biografía que tituló El mensajero. Se pasó años buscando información por toda Latinoamérica y también, en su momento, la recibió en Cuba de José Zacarías Tallet, cuando este tenía mucho más de noventa años.

(Continuará)

Fernando Carr Parúas

Gazaperías

Por Fernando Carr Parúas

La Habana,1942.Escritor, investigador, editor y compilador. Tiene publicados los libros Diccionario de términos de escritura dudosa (siete ediciones), Disquisiciones sobre temas editoriales y del idioma, Cosas jocosas en poesía y prosa de la vida de José Z. Tallet, El libro primero de los gazapos, El libro segundo de los gazapos, El libro tercero de los gazapos. Cubanismos, Diccionario de cualidades, defectos y otros males del cubano y Diccionario de la fauna hispanoamericana en frases y refranes.

Tiene a su cargo la columna Gazapos de la revista Bohemia y la Colección Premio Nacional de Ciencias Sociales, con siete libros publicados.

Recibió la Distinción Raúl Gómez Carcía, la Distinción por la Cultura Nacional, el Premio Nacional de Edición 2009, la Condición de Mambí Sureño y el Sello de Laureado.

Miembro fundador del Consejo Técnico Asesor del Instituto del Libro y miembro de la UNEAC.

 

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