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De nuevo con los jóvenes realizadores

Por Pedro R. Noa Romero
Fuente CUBARTE 01.04.2015

14 Muestra Joven ICAIC
14 Muestra Joven ICAIC

Hasta el 5 de abril de 2015 estará sesionando la 14 Muestra Joven ICAIC, esta vez con un total de 47 obras en concurso, divididas en 22 filmes de ficción, 19 documentales y 6 cortos animados, cifra que representa una disminución con relación al año anterior en que se presentaron un total de 56. La presente edición solamente supera a la 13era en la categoría de documentales, con tres más.

Como ya es habitual en esta columna, comentaremos algunas de las obras participantes en este festival del audiovisual joven. Empezamos con algunas de las realizadas por directores que ya han presentado sus trabajos en ediciones anteriores, específicamente, Milagrosa de Diana Montero, Círculos rotos, de Leandro Javier de la Rosa,  La despedida, de Alejandro Alonso y Resina, dirigida por Maryulis Alfonso.

Milagrosa

Este filme le sirvió a Diana Montero para graduarse en la especialidad de documental en la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños (EICTV). El texto audiovisual, de poco más de 28 minutos, narra la historia de Dalkys, una mujer madura quien vive con su esposo, Evelio, en una pequeña comunidad llamada La Salada, en Santiago de Cuba. Desde hace 21 años, ella oficia como curandera a través de un ritual de sanación basado en la invocación a San Lázaro. Así cura a enfermos que acuden desde todas partes de Cuba. En el interior de su hogar, cuida a Evelio, quien padece una diabetes avanzada; pero la falta de fe de su esposo, unido a su progresivo agravamiento físico hacen dudar a Dalkys de su don.

Diana Montero se aproxima, mediante el método observacional, a la dicotomía entre creencia y ciencia; pero desde la perspectiva de una mujer en esos terruños apartados, donde el enfrentamiento a las difíciles condiciones de vida encuentra una salida en la fe basada en las supersticiones. (1)

El planteamiento de la obra es bien llamativo: en un plano general frontal, asistimos a la autopresentación de Dalkys encarnada en su personaje de La Milagrosa, mientras remedia los dolores de otra fémina. El tono de su voz, las palabras soeces y una violencia peculiar, empleada como método de curación, todo enmarcado en un espacio rústico, miserable, caracterizan su primera aparición en pantalla. Complementa esta impresión inicial la composición visual seleccionada, en la cual todas las personas están colocadas como si estuvieran en un escenario.

Con esta puesta en cuadro, la realizadora hace la propuesta inicial del tema que va a tratar. Proposición que se complementa inmediatamente, por contraste, cuando —después del título sobre fondo negro— entramos en la casa de la protagonista y nos encontramos otro proceder diferente. En el espacio doméstico ella se nos transforma en otra persona, no solo por la forma de comportarse (más dócil, casi servil, silenciosa), sino que la propia visualidad y, sobre todo, el sonido, deja claro que estamos en otro universo.

El montaje alternado en los dos espacios conduce la narración del documental con un especial interés, por momentos, en un punto de vista antropológico, al detallar la transformación de Dalkys en su otro yo: La Milagrosa, y detenerse en su forma de accionar con sus “pacientes” y toda la preparación del ritual, así como su método agresivo de aliviar los dolores.

Cuando la historia ocurre dentro de la casa, el compás interno de las acciones no es idéntico. Allí todo es reposado y se habla de medicina, no de fango ni de invocaciones. El encuadre hace hincapié en la figura de Evelio desde el primer momento y él se convierte en centro.

En la construcción de la otra Dalkys —la ama de casa, la esposa—, juega un papel importante la fotografía, a cargo de Laura Corrales, también graduada de la EICTV. En el hogar de la pareja, a través de un plano general, compuesto mediante un montaje intraplano, queda dividido el encuadre y por ende hay una particularización del espacio de la protagonista, ubicado en la cocina, y el del esposo, situado en un plano más cercano dentro del cuadro, en una especie de sala, en la cual está sentado en un sillón. A su lado, una endeble pared de madera, detrás de la cual se sienta la protagonista a realizar sus quehaceres.

Este posicionamiento, marcado por la composición fotográfica y el hecho de que entre ellos apenas se hablan, denota una relación muy fría en sus relaciones de pareja. Dalkys hace todas las labores domésticas y la mayoría de los temas de conversación giran alrededor del estado de salud de Evelio, a quien le aplica sus remedios; pero no de la misma forma violenta que lo hace con sus enfermos.

El giro argumental final del documental, iniciado con la imploración de Dalkys a la estatua de San Lázaro ubicada en su morada —única ocasión en que la oímos en ese recinto como La Milagrosa— y la salida de Evelio, a cuestas, en la espalda de un joven, hasta la carretera, impone dentro del filme un ritmo más agitado, marcado sobre todo con el pasar de los vehículos y su ruido característico. Fragmento que cierra con la partida de ellos hacia un lugar no definido, en una especie de bicitaxi.

Los últimos minutos, como un epílogo, el bohío-sanatorio sin ninguna actividad, y la misma imagen con que nos fue presentado el hogar de Dalkys y Evelio al inicio de la obra, solo que en esta ocasión, el sillón está vacío, y debajo está echado un perro… Cuando pensamos que ha sido todo, Dalkys atraviesa el cuadro y se sienta en un taburete, de espaldas a nosotros los espectadores, detrás de la endeble pared de madera.

¿Qué ha ocurrido? No lo sabremos. Solo nos queda la imagen de una mujer sola, oculta, una vez más con una tarea doméstica por hacer en sus manos. Todo es silencio, tranquilidad, a su alrededor.

Círculos rotos

Es un corto de ficción de poco más de 12 minutos, que se apodera del pasaje bíblico de Abel y Caín para desarrollar una historia en la Cuba contemporánea cuya temática gira alrededor de la homofobia, escudada detrás de la envidia.

Leandro Javier de La Rosa es un joven realizador, estudiante en la actualidad de la Facultad de Arte de los Medios de Comunicación Audiovisual (FAMCA) en la especialidad de dirección. Graduado de la Academia de Artes Plásticas de San Alejandro, su desempeño desde la 10ma Muestra hasta hoy ha estado relacionada tanto con los cortos de ficción como con el dibujo animado. Recuerdo con agrado su corto de ficción Anfitrión, presentado en la Muestra anterior, en la cual consiguió contar una historia muy bien cerrada desde lo dramatúrgico en apenas tres minutos.

En Círculos rotos no demuestra la misma maestría en la coherencia de su trama y en la armazón del relato.

El filme cuenta la historia de dos hermanos, cuya relación está matizada por una rivalidad sentimental que conduce la historia a un final trágico. El texto desemboca bien, con un opening que funciona como una buena intriga de predestinación: un joven se entrevista con dos personajes de poca calaña, para pactar con ellos una golpiza para su hermano por la sencilla razón de que es gay; pero también porque siempre ha sido mejor que él.

Esta primera secuencia del corto está muy bien trabajada desde la puesta en escena e incluso la edición, pues durante ella conocemos el conflicto argumental y termina con un corte elegante que deja en suspenso los detalles de cómo se va a realizar el acto criminal que propone el hermano.

A partir de aquí, el relato desvaría, pues la secuencia contigua ocurre con un tono documental a través de las calles de La Habana, con escenas que quizás intentaron hablar sobre el carácter violento y homofóbico de nuestra sociedad; sin embargo, se convierten en una digresión y una pérdida de tiempo que pudo ser aprovechada para desarrollar la relación entre los dos hermanos, algo que apenas se esboza en otra secuencia construida por medio de flashback con una tonalidad en su iluminación y color que solicita una lectura desde la subjetividad del hermano asesino, en la cual se esboza una preferencia maternal por uno sobre el otro; pero que, no obstante, no aporta mucho al hermano víctima, el cual se queda apenas delineado en una secuencia que casi no dice nada sobre las motivaciones para la golpeadura y muerte posterior.

La debilidad de la historia y lo disfuncional de la estructura del relato, hacen que el trabajo fotográfico a cargo de Claudia Ruíz y Jessica Franca sea baldío, así como la edición de Yadiana S. Gibert, quede como algo suelto, especialmente, en la secuencia de la madre y su vínculo con sus dos hijos.

La despedida

Este documental llega a la Muestra después de presentarse en varios festivales internacionales como el Festival de Cine de la UNAM, México y el Internacional de Cartagena, Colombia; además de haber ganado, hace solo unos días, el premio principal, en la categoría de documental, del XVI Festival Imago, organizado por FAMCA.

Alejandro Alonso viene participando en la Muestra desde su edición número 10, siempre dentro del género documental. En la del año pasado, ganó el galardón al Mejor filme en ese género con Velas, una obra que se destaca por el sentido íntimo de su historia, sentimiento que se hace notar no solo en el argumento: la vida solitaria de una pareja de ancianos, unidos en matrimonio desde hace 60 años, sino también por el tono de la fotografía y el tempo que recrea la edición. (2)

Nuevamente la atención de Alejandro Alonso recae sobre un representante de la tercera edad y un espacio de su provincia natal: Pinar del Río. La despedida testimonia visualmente la vida de un anciano que vive en los restos de lo que fuera uno de los yacimientos de cobre, radicados en Minas de Matahambre; sin dudas, como uno de los últimos sobrevivientes de aquel asentamiento minero de gran prosperidad a inicios del siglo XX.

Alejandro Alonso emplea el método de observación para acompañar a este hombre enjuto, magro, que vive en un cuarto miserable rodeado de un paisaje casi mítico, muy bien explotado por la fotografía de Miriam Ortiz, sobre todo en la primera secuencia del filme, cuando Pablo Fabelo (nombre del anciano) pasa frente a las ruinas y se sienta entre ellas, mientras un primer plano destaca sus problemas pulmonares, posiblemente provocados por el polvo del mineral; o a través de composiciones visuales que ponen a sus personajes dentro de un universo ya ajeno a la vida que ellos quieren transmitirle por momentos.

El ritmo de La despedida transcurre igual que la vida de este hombre: lento. Todo es silencio a su alrededor y lo único que alborota el espacio es la gritería de los muchachos jugando en aquellos parajes y la vida cotidiana de su familia, compuesta por una mujer —quizás su hija— y dos niños (posiblemente sus nietos), nada más.

En dos momentos de la trama, Fabelo busca en los cajones de madera que tiene en su cuarto, saca, pregunta por papeles, medallas que pueden aportar elementos a una vida en extinción: la de él y la del espacio que rodea su casa, ya no los encuentra, no están, son huellas de un pasado sin importancia. Él queda como único centro de atención de la cámara con una cara de angustia y resignación al mismo tiempo y le sigue un largo plano estático en que prácticamente posa para nosotros, precedido de un adminículo sostenido por un alambre en las alturas, que pesa como una espada de Damocles.

Entonces, en una especie de cierre circular, vemos como un vecino le pone los zapatos y, con la misma ropa que se nos presentó al inicio, sale caminando por el paraje de tierra rojiza, inhóspito, agreste. El sonido del bastón golpeando ese terreno le da un carácter especial a la escena, pues suena cual reloj marcando el destino de este ser humano. De pronto, aparece en pantalla un puente colgadizo que se pierde en el infinito del plano, rodeado de una vegetación verde clara, desfocada, lo cual le brinda cierta irrealidad.

Fabelo, el anciano, entra en cuadro, de espaldas a nosotros, camina unos pasos sobre el puente. Se detiene y mira hacia adelante. Es suficiente. Fade a negro. Créditos finales.

La despedida es una muestra de madurez dentro de la obra de Alejandro Alonso y un buen ejemplo de una línea documental desarrollada en los últimos años en Cuba, la cual se apropia del método de observación dentro de la representación de la realidad, para visibilizar personajes y espacios otros en nuestro entorno, mediante una austeridad de recursos visuales y sonoros que remarcan la alteridad de los temas y caracteres seleccionados.

Resina

Es un corto de ficción de apenas 10 minutos en el cual su directora, Maryulis Alfonso, vuelve sobre su tema preferido, la relación entre las mujeres, algo que ya había desarrollado con suficiente maestría en la obra presentada en la 13era edición de la Muestra: Las Ventanas, con la cual alcanzó el premio a la mejor fotografía.

Resina tiene en común con Milagrosa y La despedida el entorno en el que se desarrolla su argumento: lo rural. Maryulis cuenta la historia de Luna y su mamá, que viven de forma modesta en una casa en el campo. Luna vende cremitas de leche en el camino y está al borde de convertirse en una muchacha. Ella ha creado una fantasía amorosa con un hombre que va por aquellos lares enseñando animales raros. El día que Luna vuelve a encontrarse con el cirquero, tiene su primera menstruación y la hace huir frente a él.

Las obras de Maryulis Alfonso se destacan especialmente por el trabajo fotográfico. La escena del baño de la adolescente después de su período inicial, es de una belleza destacable. El uso de la luz natural amparada por un farol carretero que le da una tonalidad carmelitosa al encuadre, y el punto de vista escogido para la puesta en escena que permite ver el proceso del lavado de la muchacha con una gran candidez, a la vez que un espejo multiplica y reafirma la transformación de Luna en ese momento de su vida, es un punto a favor para Resina y, en especial, para su director de fotografía Vladimir Barberán.

Resina es de esas obras que parecen inconclusas o apenas esbozadas. La historia de Luna, su madre y el cirquero pueden ser desarrolladas como un texto más amplio, quizás un largometraje, pues en este corto solo se asoman las historias de cada uno. Muy bien la joven actriz Marla Estefanía Artiles, ella le brinda a su personaje toda esa inocencia de esos primeros amores platónicos y la necesidad de sustituir la figura del padre por el ingenuo amor a otro hombre.

 

NOTAS:

 

  1. Sobre las motivaciones de esta directora para realizar su obra puede leer en esta columna el trabajo “Diana Montero y sus mujeres rurales heroicas”, publicado el 27 de noviembre de 2014.
  2. Sobre este documental puede consultarse el artículo “El regreso de los nuevos realizadores”, publicado en esta misma columna el 28 de marzo de 2014.

Pedro R. Noa Romero

Pantallas

Por Pedro R. Noa Romero

Pedro Rafael Noa Romero (San José de las Lajas, 1956). Profesor y crítico de cine. Máster en Ciencias de la Comunicación en la Facultad de Comunicación Social (Universidad de La Habana, 2004).

Miembro de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) y de la Asociación Cubana de la Prensa Cinematográfica (ACPC). Sus trabajos han aparecido en diferentes publicaciones nacionales como la revista Cine cubano y La gaceta de Cuba.

Es el compilador del libro Ojeada al cine cubano (2010) de José Manuel Valdés Rodríguez, y autor de Entre paradojas y resurrecciones, cruzar la calle con el cineasta Enrique Pineda Barnet (2012), ambos publicados por Ediciones ICAIC.

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