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Sergio Vitier en 30 líneas + Video

Por Emir García Meralla
Fuente CUBARTE 04.05.2016

Sergio Vitier, guitarrista concertista.
Sergio Vitier, guitarrista concertista.

Aunque usted no lo crea el primer día de mayo se ha tomado en serio eso de dejar su impronta en la música cubana. Así ha venido ocurriendo en los últimos tres años y quisiera pensar que no ocurrirá el próximo año.

Esta vez la mala nueva fue la muerte de Sergio Vitier. Desde que se supo la noticia no cesó el flujo de llamadas entre amigos, el poderoso y triste ejercicio de memoria y –citando a Rubén Martínez Villena—la preocupación por saber quién será el próximo.

La muerte tiene la cualidad de ser el interruptor que cierra un ciclo en el devenir de la sociedad; por lo que todo aquello que soñaron los amigos del finado, los planes que se trazó la familia y hasta los sueños personales, se terminan. A ese grupo me sumo en el caso que nos ocupa.

Ha muerto Sergio Vitier y, como ya se hace norma, debo escribir una nota alegórica. De acuerdo, la encaro, pero quisiera al más puro estilo literario contar en oraciones aquellas cosas que nos unieron.

A Sergio Vitier se debe la definición del “tú no sospechas”. Nombre dado a los cocteles que sirven en las actividades sociales. Y no le faltaba razón; uno no podía adivinar con qué estaban hecho o las proporciones necesarias.

Sin Sergio Vitier no se hubiera llegado a lo que se ha llamado “etno rock cubano”. Si hubo un adelantado continuador de los estudios de Fernando Ortiz en la música, fue él; comprendió la importancia de Merceditas Valdés, de Lázaro Ross y de Rogelio Martínez Furé y su impronta para la cultura cubana.

Es cierto que Irakere es la banda musical más trascendente de la música cubana del pasado siglo. Pero Oru, su grupo, fue el primero que llevó a los tambores batá a formar parte de la “música contemporánea”; o simplemente la vanguardia musical de los sesenta.

Sergio Vitier era el único “ecobio” no jurado al que grandes figuras de la fraternidad abakuá –que tiene entre sus tantos significados el de hombre bueno—le profesaban respeto y trato cual dignatario de esa institución. Tanto que se le permitió despedir el duelo y “encamar” en los entierros de notables músicos vinculados a esa fraternidad. Por tal razón puede que alguna potencia esté de luto con su partida.

Aunque nació en la Víbora, conocía las interioridades de todos los solares habaneros. Dicen que era bueno con el quinto. Tal vez él sea el mejor ejemplo de lo que se definió un día como “asere ilustrado”; aunque nunca hizo alardes de su cultura.

Sergio Vitier ayudó a “Angelito el tuerca”, mecánico y amigo de la infancia, a patentar “el quécher automático” y organizó junto a Leonardo Acosta, Amadito Valdés y otros amigos una exhibición pública del artefacto y para tal fin les dieron el estadio de El Cerro.

Es cierto, se bebió todo el ron que pudo; amó a las mujeres que quiso y, como Nicolás Guillén, pudo decir su nombre.

Fue además de un buen amigo, hombre a todas y en toda la expresión de la palabra y el concepto; pero más que todo, un cubano raigal y auténtico.

Eso es más que suficiente para alzar mi copa en su memoria. Tal vez así muchos quisieran recordarle.

Emir García Meralla

La nota

Por Emir García Meralla

Emir García Meralla (La Habana, 1965). Artículos y ensayos suyos sobre el tema de la música popular cubana ha aparecido en diversos medios cubanos y extranjeros. En la actualidad escribe esta columna sobre música cubana en CUBARTE, así como para diversos medios digitales e impresos. Tiene en proceso de edición el libro Se baila aquí, donde a modo de crónica hace un acercamiento a la música popular cubana de los últimos cincuenta años.

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