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Estados Unidos y América Latina y el Caribe: tan cerca y tan lejos (IV)

Por Juan Nicolás Padrón
Fuente CUBARTE 11.05.2016

Detalle del monumento a Bolívar frente al edificio del Departamento del Interior, en Washington.
Detalle del monumento a Bolívar frente al edificio del Departamento del Interior, en Washington.

Desde 1898, y durante el primer tercio del siglo xx, Estados Unidos realizó 27 intervenciones militares en América Latina y el Caribe, en los países más cercanos a su frontera, considerados de manera ya natural, “su traspatio”: Cuba ―1898-1902, 1906-1909, 1912 y 1933―, Puerto Rico ―1898―, Panamá ―1901-1904, 1908, 1912, 1918-1920, 1925―, Nicaragua ―1898, 1899, 1907, 1910, 1912-1933―, Honduras ―1903, 1907, 1911, 1912, 1919, 1924-1925―, República Dominicana ―1903-1904, 1914, 1916-1924―, México ―1914-1918―, Haití ―1914-1934― y Guatemala ―1920. Estas intervenciones fueron combinadas con “mediaciones” diplomáticas e interferencias políticas, siempre, en última instancia, con un propósito económico, comercial y financiero, y si a principios del siglo se realizaron de manera grosera, posteriormente fueron refinándose; al final, todas estaban subordinadas a la defensa de los monopolios norteamericanos en la región, que irrumpieron rápidamente, en complicidad con las oligarquías nacionales, y a veces locales. El control político a los gobiernos de la región fue decisivo para la protección de los intereses económicos y comerciales de Estados Unidos, cuyas sucesivas administraciones respaldaron con sus marines la impunidad y apetito de sus companies y bancos, expandidos por América Latina y el Caribe. En los primeros treinta años de la centuria pasada, los recién nacidos monopolios norteamericanos compraron en la región tierras fértiles y baratas ―United Fruit Company (UFC), Cuban Land Company, Chiriquí Land Company…― para diferentes cultivos como el plátano ―UFC y American Banana Company, entre otros―, el café ―UFC y otros―, la caña de azúcar ―Cuban American Sugar Company, Cuban Cane Sugar Company, Haitian American Sugar Corporation, West Indies Trading Company, South Porto Rico Company, Cuban Dominican Sugar Company, UFC, etc.―, el quebracho ―New York and Paraguay Company―, el caucho ―Bolivian Syndicate Company―…; crearon sus correspondientes industrias y centrales para procesar estos y otros productos; obtuvieron concesiones para explotar yacimientos de petróleo ―Standard Oil Company, International Petroleum Company, General Asfalt, Tropical Oil Company…―, minas de oro ―Los Ángeles Mining Company―, cobre ―Braden Copper Company, Kenneccott Copper Corporation, Chile Exploration Company, Anaconda Copper Company,…―, bauxita ―Aluminium Company of America―…; fueron dueños de compañías de electricidad ―American Foreing Power Light, Electric Bond and Share Company…― teléfonos ―Cuban Telephone Company―, ferrocarriles ―UFC, Pasco Mining Company, Santo Domingo Improvement Company, Northern Railway Company, International Railway of Central America, Tela Railway Company…―, vapores y barcos mercantes ―Elder and Fyffe, Export Sugar Company…, y realizaron grandes empréstitos bancarios ―Speyer and Company; Kuhn, Loeb, and Company; National City Bank; Morgan; American Colonial Bank; Brown Brothers; Ullen Contracting Company; Equitable Trust Company; Lee Higginson Company; Glyn Mill and Company; Chase National Bank; Dellon Read and Comany...―, que endeudaron a muchos gobiernos.

La penetración de capitales norteamericanos invertidos en todos los países de América Latina y el Caribe, comenzó a crecer descomunalmente después de la Primera Guerra Mundial, desplazando a ingleses, alemanes y franceses, establecidos desde el siglo xix. A veces las inversiones las hacía directamente un magnate o millonario, como William F. Streisch, Samuel Zemurray, William G. Chase, o Minor G. Keith. Otras veces merodeaba un “asesor bancario” que la oligarquía latinoamericana seguía fielmente, como Edwin Waller Kemmerer, llamado el “Doctor Dinero”. Transcurrida la primera década del nuevo siglo, era evidente que la política del “Gran Garrote” tenía que ser acompañada por otra que lograra un equilibrio de dominación. La persona ideal para lograrlo después del “Corolario Roosevelt” era William Howard Taft, quien se había desempeñado en cargos tan complementarios como Procurador General de Estados Unidos y secretario de Guerra, además de haber sido Gobernador General de Filipinas en 1904 y gobernador temporal en Cuba cuando Estrada Palma pidiera la intervención en 1906; graduado de Derecho en la Universidad de Yale, Taft pertenecía a una dinastía de políticos experimentados en el poder: su padre, Alphonso Taft, fue Fiscal General y secretario de Guerra del general y presidente Ulysses S. Grant, y cofundador de la sociedad secreta Skull & Bones en 1832 ―una hermética asociación de la Universidad de Yale a la que pertenecen, entre otros, George W. Bush y John Kerrry. William Taft, presidente de Estados Unidos entre 1909 y 1913, definió en 1912 sus tesis sobre política exterior: “No está lejano el día en que tres banderas de barras y estrellas señalen en tres sitios equidistantes la extensión de nuestro territorio: una en el Polo Norte, otra en el Canal de Panamá y la tercera en el Polo Sur. Todo el hemisferio será nuestro, de hecho como, en virtud de nuestra superioridad racial, ya es nuestro moralmente”. Como sabía que esto no se lograba solo con las cañoneras, formuló una nueva política exterior: “La Diplomacia del Dólar”, instrumento que completaba y actualizaba las sistemáticas ingerencias. En una declaración en ese mismo año explicaba: “En la presente administración, la diplomacia ha tratado de ajustarse a las ideas modernas de intercambio comercial. Esta política se ha caracterizado por sustituir balas por dólares”.

“Las ideas modernas…” no solamente se habían circunscrito al sector político, diplomático, comercial o financiero. La modernidad se acompañó del movimiento cultural del modernismo, que, surgido en las últimas dos décadas del siglo xix, languideció después de la Primera Guerra Mundial. Caracterizado por la creación de una nueva conciencia artística y un inédito pensamiento social y científico, el modernismo emergió junto al crecimiento de ciudades con luz eléctrica y novedosos medios de transporte y comunicaciones, que impusieron un diferente modo de vivir, un cosmopolitismo arrollador y, en sentido general, el cambio de la percepción del espacio y el tiempo. Estados Unidos se erigió en paradigma de esa modernidad que desmantelaba emblemas, símbolos, imágenes y nombres de la tradición europea; en América Latina se irían sustituyendo los escudos de armas, monogramas, sellos de correo, papel timbrado, uniformes, íconos… heredados del Viejo Continente por la modernidad recién llegada del país norteño: la cultura francesa daba paso a la norteamericana. Los lugares eran más abiertos e iluminados, las calles comenzaron a pavimentarse y se cambiaron coches por “fotingos”, las oficinas públicas usaban máquinas de escribir y teléfono, las terminales de ferrocarril tenían telégrafos, en los hogares aparecieron las máquinas de coser y otros útiles, el comercio y el consumo se incrementaron hasta llegar a una comercialización arrolladora y un consumismo desmedido: casi todo se importaba desde Estados Unidos. Santa Claus, si no desplazó, al menos convivió con los Reyes Magos; las oligarquías latinoamericanas y caribeñas aspiraban al american style, celebraban garden parties, iban al yatch club, practicaban sports y aplaudían a los champions; las new women serían nurses o typewriters, con la nueva Underwood; no se iba a la barbería sino al barber shop, ni a la bodega, sino al grocery; se convocaba a un meeting y los periodistas hacían reports o interviews; los baños públicos estaban identificados para Men y Ladies… El poeta nicaragüense Rubén Darío, uno de los iniciadores del modernismo literario hispanoamericano, al darse cuenta de dónde habían ido a parar las princesas y los cisnes creados por él mismo, en su libro Cantos de vida y esperanza, de 1905, le dedicaba un poema “A Roosevelt” y en una estrofa proclamaba: “Eres los Estados Unidos / eres el futuro invasor / de la América ingenua que tiene sangre indígena, / que aún reza a Jesucristo y aún habla español”; y en “Los cisnes” se preguntaba: “¿Seremos entregados a los bárbaros fieros? / ¿Tantos millones de hombres hablaremos inglés? / ¿Y no hay nobles hidalgos ni bravos caballeros? / ¿Callaremos ahora para llorar después?”.

¿Dónde estaban los “nobles hidalgos” y los “bravos caballeros” latinoamericanos y caribeños? El entreguismo de los presidentes ―empleados dóciles o incondicionales corruptos― y el servilismo de los primeros “gorilas” militares de América Latina y el Caribe, facilitaron la estrategia norteamericana del neocolonialismo. Hubo excepciones. La reivindicación del derecho a la tierra dio pie a la primera rebelión social y política de la modernidad: la Revolución Mexicana de 1910 ―en sus primeras etapas―, con líderes campesinos como Emiliano Zapata y Francisco Pancho Villa. La respuesta armada de Augusto César Sandino, el “General de Hombres Libres”, hizo tenaz resistencia en Las Segovias a la intervención imperialista, en defensa de la soberanía nacional de Nicaragua. Todos fueron engañados y asesinados. Estados Unidos continuó su estrategia del panamericanismo enunciada desde 1889: en 1910, en Buenos Aires, se fundó bajo su auspicio la Unión Panamericana; en 1923 Charles Evans Hughes, secretario de Estado, “embellecía” en un discurso la Doctrina Monroe, tratando de convencer de que no era una política de agresión, sino de defensa propia, que no violaba ni la independencia ni la soberanía de otras naciones: “Hay ciertamente condiciones modernas y acontecimientos recientes que no pueden pasar inadvertidos para nosotros; nos hemos hecho ricos y poderosos; pero no hemos salvado la necesidad, en justicia para nosotros y en justicia para los demás, de proteger nuestra futura paz y seguridad. La Doctrina de Monroe, como se ve, no es un obstáculo a la cooperación panamericana; al contrario, ofrece las bases necesarias para esa cooperación en la independencia y seguridad de los Estados Unidos”. Y todavía en 1928, cuando el presidente norteamericano Calvin Coolidge  visitó a Cuba con motivo de la celebración en La Habana de la VI Conferencia Panamericana, el delegado oficial cubano ante la Conferencia, Orestes Ferrara, declaraba sin pudor: “No nos podemos unir al coro general de no intervención, porque la palabra intervención en mi país ha sido palabra de gloria, ha sido palabra de honor, ha sido palabra de triunfo, ha sido palabra de libertad, ha sido la independencia”.

El panamericanismo, que nació en el sector diplomático y financiero, invadió al político y se ramificó en lo social, lo cultural y en su esfera clave: la económica y comercial. Los grandes estrategas norteamericanos fueron los creadores de este nuevo perfeccionamiento sutil de dominación neocolonial. El empuje de los pueblos y la resistencia de algunos gobernantes nacionalistas de América Latina y el Caribe, sin vínculo con las oligarquías subordinadas al capital norteamericano estructuraron una resistencia a la intervención militar a la manera de Teodoro Roosevelt, y la crisis económica de 1929 precipitó un cambio de método. Franklin Delano Roosevelt, en su discurso inaugural de 1933 declaró: “Dedico esta nación a la política del Buen Vecino”; su programa del “New Deal” ―Nuevo Trato― fue una actualización de la política exterior norteamericana y una respuesta emergente ante la crisis; consistía en generar cambios económicos y sociales a partir de acciones concretas en sus relaciones exteriores: crear y fortalecer cipayos complacientes a Estados Unidos, guardianes de sus intereses, aunque tuvieran que promover golpes de Estado. La situación de violencia creada por el surgimiento del fascismo en los años 30 contribuyó, con razones y pretextos, a equipar y entrenar a las fuerzas armadas regionales; sin embargo, estas circunstancias se utilizaron fundamentalmente como garantía para mantener la potencia económica y comercial norteamericana en el resto del hemisferio, y además, aumentar los préstamos bancarios a gobiernos que continuaban endeudándose. La imposición y sostenimiento de “hombres fuertes” en América Latina y el Caribe inició un período de uso de la fuerza y asesinatos. El demócrata Franklin D. Roosevelt, aun con su imagen de promover un Estado Benefactor, apoyó a dictaduras latinoamericanas, tanto “constitucionales” como llegadas al poder por golpes de Estado. “Buenos vecinos” eran Rafael Leónidas Trujillo en República Dominicana y Anastasio Somoza García en Nicaragua; “buenas vecinas” fueron las dictaduras de Maximiliano Hernández Martínez, asesino de unos 30 000 campesinos en El Salvador; Tiburcio Carías Andino, presidente represivo y rabiosamente anticomunista de Honduras, utilizado mientras fue conveniente y, posteriormente, abandonado; Jorge Ubico, militar autoritario de Guatemala, quien obligó a la Asamblea Legislativa a decretar una donación de 200 000 dólares para su persona… Lo fueron también el ya General Fulgencio Batista después de 1934 en Cuba; Getúlio Vargas en Brasil entre 1934 y 1938; Arturo Alessandri Palma, entre 1932 a 1938 en Chile.  

En 1942, en medio de la Segunda Guerra Mundial, se instauró la Junta Interamericana de Defensa ―Jid―; al concluir la conflagración, en 1947, se fundó el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca ―Tiar―; ese mismo año fue creada la Agencia Central de Inteligencia ―Cía―, eficiente sistema de espionaje especializado en operaciones encubiertas militares, paramilitares, económicas, políticas y de propaganda; al año siguiente se creó, con representación de los gobiernos del hemisferio, la Organización de Estados Americanos ―Oea―, con sede a pocas cuadras de la Casa Blanca y financiamiento norteamericano del 60% para mantener su burocracia. Con estos instrumentos militares, de inteligencia y políticos, y otros que surgieron paralelamente o inmediatamente después, se actualizó un fuerte sistema moderno de dominio de Estados Unidos en sus relaciones con el resto del hemisferio; este régimen de “seguridad hemisférica” se justificaba con la tesis de la “contención al comunismo”. Harry S. Truman, presidente entre 1945 y 1953, luego de ordenar el lanzamiento de las bombas atómicas contra Japón en su inicial mandato como exhibición de poderío ―parecida a la que hizo Teddy Roosevelt con la flota alrededor del mundo―, implantó la doctrina que inició la Guerra Fría, una estrategia de enfrentamiento que también constituía un método de disuasión contra la Unión Soviética. Después de 1950 el senador republicano Joseph McCarthy encabezó una fanática cruzada anticomunista que influyó en América Latina y el Caribe; esta “cacería de brujas”, que ocasionó graves problemas en los Estados Unidos, permitió encarcelar en el traspatio imperial a cualquier líder inconveniente acusado de “comunista”. Posiblemente el primer gran trabajo “exitoso” de la Cía en que se estrenaba a gran escala este pretexto en la región, fue el derrocamiento en 1954 del gobierno democrático y nacionalista guatemalteco de Jacobo Árbenz, quien solo intentó una reforma agraria, pero perjudicaba los intereses de la United Fruit Company: después de la orden del presidente norteamericano y general de cinco estrellas Dwight D. Eisenhower, ―que gobernó entre 1953 y 1961―, y, por supuesto, con el aval de la Oea, se orquestó una intervención armada que culminó con un golpe de Estado, bajo la acusación del “terror comunista”, y la ascensión al poder del militar Carlos Castillo Armas: una “obra maestra” que sirvió de modelo para futuros derrocamientos. Eisenhower, en el nuevo contexto de la Guerra Fría, inauguró la Doctrina de las Represalias Masivas, anunciada por John Foster Dulles, su secretario de Estado; un catálogo de razones codificadas o predecibles servía para impedir “la amenaza comunista soviética”. Diversas variantes intervencionistas se aplicaron de manera directa o indirecta para crear o mantener satrapías convenientes a Washington: en Perú, Manuel A. Odría; en Haití, Paul Magloire; en República Dominicana, Rafael Leónidas Trujillo; en Nicaragua, otro miembro de la dinastía Somoza: Anastasio; en Cuba, Fulgencio Batista; en Venezuela, Marcos Pérez Jiménez; en Colombia, Gustavo Rojas Pinillas; en Paraguay, Alfredo Stroessner. El panamericanismo, en la primera etapa de la Guerra Fría antes del triunfo de la Revolución cubana, fue el sistema ideal de Estados Unidos para mantener una sólida dominación sobre América Latina y el Caribe.

Juan Nicolás Padrón

Reino autónomo

Por Juan Nicolás Padrón

JUAN NICOLÁS PADRÓN (Pinar del Río/Cuba, 1950): Poeta y Licenciado en Filología y especializado en Lengua y Literatura Hispánica. Posee postgrados en Filosofía y Lingüística, además de Cursos de Pedagogía y Sicología. Actualmente es Investigador del Centro de Investigaciones Literarias de Casa de las Américas de Cuba. También ha sido Director de Literatura del Instituto Cubano del Libro; Director de la Editorial Letras Cubanas y Subdirector de la Editorial Casa. Su desempeño en el ámbito de las letras lo ha desarrollado como editor, profesor, jurado, poeta, ensayista, coordinador de encuentros literarios y artísticos, prologuista, articulista, antologador y conferencista en distintos países como Cuba, España, México, Argentina y Canadá. Ha participado en la Ferias Internacionales del Libro de Cuba, Ciudad de México, Guadalajara, Buenos Aires y Santiago de Chile. Su obra poética se encuentra en la edición de los siguientes libros: "El polvo finísimo del tiempo" 1983; "Desnudo en el camino" 1988; "Peregrinaciones" 1991; "Crónica de la noche" 1995. Su última publicación es el ensayo sobre la identidad cubana "La Palma en el Huracán" (Ediciones Rodriguistas, Santiago-Chile 2000).

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